Elogio del Horizonte

0

El Elogio del Horizonte es una imponente escultura de hormigón del artista vasco Eduardo Chillida, situada en el cerro de Santa Catalina, en primera línea de su acantilado. Fue erigida en 1990, no sin polémica debido a los altos costes del monumento. El escultor había recorrido previamente diversos puntos de la costa atlántica europea, con la idea en mente de diseñar una escultura inspirada en el horizonte, pero aquellos puntos que más le interesaron ya se encontraban ocupados por algún tipo de infraestructura. La ubicación final se decidió cuando el arquitecto Paco Pol, que estaba en aquel momento planeando la modernización del cerro gijonés, se enteró del proyecto que tenía entre manos el escultor vasco.

La obra se realizó en el mismo emplazamiento, y consta de dos pilares sobre los que sostiene una gran elipse abierta. Una estructura sólida y sin ornamentos, cuya superficie se limpió finalmente con ácidos para que el hormigón recuperase su color y textura originales, para que el paso del tiempo y la fuerza de los elementos vayan dejando huella en la argamasa desnuda. Ante todo es un homenaje a la inmensidad, y en su interior podemos observar, como quien mira un lienzo, un retazo de horizonte cantábrico enmarcado. La escultura pretende ofrecer así un “límite para mirar lo que no tiene límites”, en palabras de su autor. Como anécdota señalar también el efecto acústico que producen en su interior el sonido del viento y del mar, un detalle no previsto por Chillida.

Por su aislamiento, algunos lo han comparado con un gran megalito sagrado o con un faro, y es cierto que su alejamiento de la ciudad implica el necesario paseo, reflexivo o no, para acceder a la escultura. La obra, además de ser una ventana al horizonte, pretende representar una idea común en Chillida y aplicada en otras obras suyas de carácter público: una “casa”, entendida como construcción icónica para los habitantes de un lugar determinado. Una construcción que, por tanto, debe estar en plena armonía con el entorno físico y humano que la contiene. Esta idea -como la del hombre sobrecogido ante la inmensidad que señalamos arriba- es deudora de nociones que se prolongan hasta el Romanticismo, nociones sobre cómo interactúan el carácter y los sentimientos de las gentes y el paisaje físico y humano que aquéllos construyen y habitan. Chillida, para calibrar bien la obra, estuvo mucho tiempo “sintiendo el lugar y tratando de ver la relación matemática entre el hombre y el horizonte”, una exaltada afirmación digna del más romántico de los pintores o geógrafos.

La estructura tiene diez metros de alto y la elipse un diámetro de quince metros, pero desde perspectivas alejadas se confirma que su escala es compatible con la línea de costa y las dimensiones del acantilado, y en la distancias cortas no deja de sugerirnos una sensación de monumentalidad abarcable, una escala humana apta para permanecer en su interior y en los alrededores sin agobio. Además, y como para refrendar esa íntima conexión con la ciudad y su paisaje, desde su ubicación se puede ver toda la costa de Gijón, y desde cualquier punto de la costa (no así del interior de la ciudad) puede divisarse la escultura.

En definitiva, esta escultura viene a ser como un templo o casa “sagrada” para sus ciudadanos, de la que además se ha dicho es probablemente la obra pública de Chillida más enraizada en el lugar que la acoge, no pudiendo el Elogio del Horizonte entenderse en otro sitio que no sea la ciudad de Gijón.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
error: